Anoche desperté sobresaltado por un sueño. En él, me veía a mi edad actual, en casa de mi madre, almorzando uno de los días del fin de semana y preocupado porque debía apurarme y tomar pronto un bus para ir a la Universidad donde estaba tomando un curso de postgrado. Salía apurado del almuerzo a tomar el bus y de pronto alguien en la calle me decía que una persona quería hablar conmigo. Me acercaba en el sueño hacia esa persona y me encontraba con X. Se veía joven, como cuando nos conocimos hace más de 10 años, usaba cjaquta de cuero y modernos lentes para sol, montaba una moto nueva y cara, y le acompañaba una niña sentada en el asiento de atrás de su motto. Me miraba, muy extrañado y me preguntaba: ¿Qué has hecho?

Era una pregunta que denotaba extrañeza, incredulidad y lástima por mi condición de peatón, cesante, que seguía estudiando, que era pobre, que no producía nada, que no había construido nada, que no había avanzado nada, que no contribuía con nada, que no era capaz de ganarme la vida.

Desperté y ya no pude dormir más. Comencé a preguntarme qué había hecho con mi vida en estos últimos 12 años para llegar a la condición en la que estoy ahora.

“Vengan años” decía mi madre para graficar mi actitud ante la vida. Comodidad, desidia, acidia, pereza, descuido y tardanza en las acciones, negligencia, falta de cuidado y de interés, falta de pasión, falta de energía, falta de entusiasmo, miedo, desconfianza, duda, necesidad de ayuda y de compañía, desorientación.

¿Es esta situación una actitud voluntaria o una condición patológica? Nunca he tenido ayuda profesional ni consejo, siempre he hecho lo mejor que he podido pensando que era lo correcto. Pero parece que mi juicio muchas veces no es  correcto. No soy flojo ni patán.